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Bailes cósmicos circulares de guitarras / Foto Review Festival En Órbita, 24.11.2018

Thee Oh Sees En Órbita 24.11.2018 WalkingStgo 41

Texto por Constanza Bustos Sánchez / Fotos por @godoyphotoshoot.

Cúpula del Parque O’higgins. Un gran astronauta y un cohete espacial de plástico me invitan a viajar por entre la galaxia caníbal que es el Festival En Órbita. José Maza, astrónomo y premio nacional de ciencias dice que podemos habitar el planeta rojo. “Life on Mars”, se titula su investigación. David Bowie. Sus ojos pintados de celeste, su pelo anaranjado y su mirada a la cámara. Habitar Marte. Un planeta bermejo solo para los humanos.

La ciencia y la música son constantes físicas. Ambas provocan la expansión de la mente hacia otra estratósfera. La cúpula es un microcosmos. Esta se torna oscura y se mueve como un monstruo en direcciones circulares alrededor de NST & THE SOULS SAUCE. Nos envuelven sonidos de Sur Corea. Roots Reggae, funk y un impulso budista crea un submundo. Es el principio del viaje. Luego Alexander Biggs resuena interconectado con las bases de batería electrónica. Los pelos se erizan con su guitarra acústica, dejándonos nuevamente caer en las emociones terrenales. Quedamos con los pies enraizados al suelo.

Dead Buttons. Agujeros negros y rock fuerte. Veo un desplante de guitarras, punteos y mucha oscuridad. Música garage y una tecladista que se mueve al ritmo de la música. Su vestido verde hippie me cautiva. Son canciones del silencio, pienso. Melodías escondidas de otras tierras, corrijo.  Se siente la lentitud, las canciones largas y experimentales. La batería cruda retumba en mi pecho. ¿Sur Corea está experimentando nuevas tendencias?, me pregunto. Esta música crea montañas rusas ondulantes de vibraciones, pienso. Somos pocos observando. Se me viene a la mente la música de las películas de Quentin Tarantino. Pienso en Sonic Youth. Luego en Johnny Cash. Una mezcla de influencias que bombardean la cúpula. El espacio se vuelve vertiginoso y el dúo deja las energías altas y pulsantes.

Más suave, más liviano. Sonidos actuales. Deep Sea Arcade. Me voy a sentar a la gradería y los observo. Pienso que comparado con Dead Buttons carecen de algo único. Son más tradicionales. Más indie rock. No siento la novedad. Descanso y trato de escuchar las letras, “When the sun goes down”. Están tocando Learning to Fly. Me relajo y se me caen los párpados. Cierro los ojos y vuelo hacia lo onírico. Outlands sonando. Un  ritmo parejo y dulce. Dan ganas de viajar. Siento la arena, mi cuerpo está flotando. Salgo y despierto.

Habitar nuevamente la cúpula. We are wolves me cautiva desde el principio. Es su postura escénica. Los veo y están vestidos con túnicas negras. Es una ceremonia de electropunk. Dan ganas de bailar. Bailar dance punk crudo. El baterista y vocalista Pierre-Luc Bégin es el más excéntrico. Tiene el pelo ruliento tipo Bob Dylan, lleva un polerón corto azul donde se le ve el estómago, un short de jeans y los calcetines bien estirados. Toca la batería de pie, a un ritmo seco y determinante. Canta y baila. Gesticula. Recorre el escenario sin polera mientras los  sintetizadores suenan robóticamente. Alexander Ortiz, bajista y vocalista, se tira al suelo, abre una lata de cerveza y se pone una pañoleta. Canta canciones con frases en español, quizás porque su madre es colombiana. Se siente un desenfreno violento con ritmos marcados y rectangulares. Son un impulso para el goce corporal y el movimiento. El público baila, se mueve y la energía se condesa.

Lo performático y lo teatral. Romper la cuarta pared. La interacción entre quien está en el escenario y quién esta abajo. Eso fue Juan Wauters. Personaje extraño. Compositor y guitarrista Uruguayo dice mi folleto. Yo solo recuerdo memorizar el juego “Disfruta la fruta, un camión por la ruta, te trajo a ti la fruta hoy”. Risas y Juan desplazándose por el poco público. Buscaba que memorizábamos su canción.  Caminaba entre las personas y las hacía hablar. Era un experimento social, como dijo él. Algunos se aburrieron, otros se rieron, otros gritaron “Fome”, pero claramente la idea era descolocar, diferenciarse y crear otro universo. Uno distinto a las de las bandas que ya habían tocado.

Música extraterrestre y sonidos caóticos. El pecho comprimido. Suuns son ancestrales. Colores rojizos y luces cambiantes. Un agujero negro y  una mancha roja gaseosa se vienen a mi mente. La batería es fuerte, precisa y densa. Las distorsiones son líquidas. El sonido es animalesco y tecnológico. La melodía genera sentimientos de miedo. Me imagino una ciudad en construcción. Una ciudad alarmada quejándose con las guitarras. No hay sonidos aliviantes en esta banda. Los sentidos se expanden y se escuchan aullidos pidiendo ayuda. Las canciones recitadas son como poemas largos. Las palabras se deslizan y las oraciones susurran. Recuerdo la música de la película “Encuentros cercanos del tercer tipo” de Steven Spielberg. Una conversación musical con alienígenas desalentados que paralizan, eso es Suuns.

La materia oscura se presenta con Follakzoid. Viaje a lo industrial y a lo metálico. No hay bajista, hay sintetizadores. Un sonido psych. Domingo García Huidobro con sus movimientos corporales y su delgado cuerpo juega con la escena teatral generando un ambiente alucinógeno. Mueve su guitarra alrededor de su cuerpo. Hay trance. Las luces blancas fragmentadas ayudan a este estado mental. Diego Lorca, baterista, es un metrónomo. Tocan solo Electric -con texturas de otras canciones- y con esto basta para mostrar que esta banda chilena es rizómatica. Pequeños tubérculos se ramifican para generar estados mentales y nuevas teorías musicales. Una idea se transforma en otra. No hay que interpretar, solamente escuchar.

Un escenario en medio de la cancha. Las rejas se sacan. El público alrededor se extasía. Yonatan Gat es ritualidad.  Existe una teatralidad y una elegancia en su presentación. Es otra realidad, otro cosmos, otro mundo u otra naturaleza. Incluso hay otra temperatura. Un lenguaje de otras tierras, la lengua ya no es inglés o español. Es lengua profética. Pareciera que le está cantando al universo, a lo mitológico. La emoción se genera del sonido, no del significado de la palabra porque no la entiendo. Una chica con el pelo y un abanico rojo se encuentra entre el público. Con destellos de miradas le abanica el rostro al cantante. Se genera tensión y el público aplaude. Es un juego performático.  A lo lejos le gritan cosas que no podemos entender y él tampoco. “I dont know what your saying” responde. Rompe su guitarra para terminar el rito. Gat es un cántico largo, un ente que recorre diferentes culturas con cara seria.

Lo terrenal. Thee Oh Sees. Problemas técnicos antes de empezar. John Dwyer pide que arreglen la voz. Trata de comunicarse con el sonidista y le ruega al público silencio. El sonidista y Dwyer se gritan de un extremo a otro de la cúpula. Está malhumorado y pide que le traigan celulares para mandar mensajes. Hay falta de comunicación. No monitors for me, dice tajante. Dos baterías, un vocalista enajenado en la psicodelia y un público expectante. Algunos se subieron a la plataforma donde tocó Gat para mirarlos. Comienzan y todo vuelve a la perfección. Es un folk groovy demoníaco punk que me recuerda a la ciencia ficción. Se corean canciones como Plastic Plant. Muchas cabezas se mueven de arriba abajo. Se baila rápidamente. Hay un pequeño mosh y más de alguno se motivó con el stage diving. Al finalizar quedan pocos. Contraption/ Soul Desert es la última canción del festival.

Texto por Constanza Bustos Sánchez / Fotos por Miguel Inostroza Godoy.

Galería de fotos Festival En Órbita 2018 / WalkingStgo

Thee Oh Sees

Yonatan Gat

We Are Wolves

Dead Buttons

SUUNS

Follakzoid

Deep Sea Arcade

Publicado el 28.11.2018
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